
Imagina por un momento que estás roto. Imagina que la vida te pesa tanto que apenas puedes levantarte de la cama, o que una crisis de ansiedad te impide respirar. En ese estado de absoluta fragilidad, haces lo que la sociedad, tu familia y el sentido común te dictan: buscas ayuda profesional. Acudes a un psicólogo o psiquiatra matriculado, alguien con un título colgado en la pared que certifica su autoridad y su ética.
Te sientas en el diván, abres tu corazón y entregas los secretos más oscuros de tu alma, confiando en que esa persona está allí para sanarte.
Pero, ¿qué sucede cuando la mano que debería sostenerte es la misma que te empuja al abismo? ¿Qué pasa cuando el consultorio no es un refugio, sino un centro de reclutamiento para una organización coercitiva?
Hoy, en RedLibreMentes, destapamos una de las realidades más aterradoras y silenciosas de nuestra era: la infiltración sistemática de redes sectarias en el sistema de salud mental. No hablamos de chamanes en una montaña remota; hablamos de profesionales con licencia que, violando el juramento hipocrático, utilizan la ciencia de la mente para esclavizarla.
El horror de este fenómeno radica en la asimetría de poder. En una relación terapéutica, el paciente llega desnudo emocionalmente, mientras que el terapeuta ostenta el poder del conocimiento y la autoridad sanitaria.
Cuando un profesional ético detecta vulnerabilidad, la protege. Cuando un terapeuta coercitivo la detecta, la explota.
Este mecanismo es perverso porque se camufla de «sanación». Al principio, el paciente siente un alivio inmenso. El terapeuta parece ser el único que «realmente lo entiende». Pero esto no es empatía; es «love bombing» (bombardeo de amor) clínico. El depredador estudia tus debilidades, tus traumas infantiles y tus miedos no para curarlos, sino para convertirlos en los barrotes de tu futura prisión.
Aquí entra en juego un concepto clave: la iatrogenia voluntaria. En medicina, la iatrogenia es el daño causado por el acto médico (por error o efecto secundario). En el contexto de las sectas terapéuticas, el daño es el objetivo. El terapeuta busca desestabilizar al paciente, cronificar su dolor y hacerlo dependiente, para luego ofrecerse a sí mismo (o a su grupo) como la única cura posible.
¿Cómo se transforma un paciente que paga una consulta en un adepto que entrega su vida? El proceso es lento, calculado y devastadoramente eficaz.
El terapeuta utiliza etiquetas diagnósticas para invalidar el juicio del paciente. «Tu familia es tóxica», «Tu pareja te frena», «Solo nosotros podemos salvarte de tu propia mente». Se reescribe la historia personal de la víctima, implantando falsos recuerdos o exagerando conflictos para justificar la necesidad de aislarse del mundo exterior.
Poco a poco, las sesiones de una hora semanal se vuelven insuficientes. Se sugieren retiros de fin de semana, talleres grupales intensivos o terapias maratónicas. El objetivo es saturar al paciente, agotarlo física y mentalmente para reducir su capacidad crítica.
En muchos casos, como veremos a continuación, se abusa de la prescripción de psicofármacos. No para estabilizar, sino para anular la voluntad. Un cerebro adormecido, confundido químicamente, es un cerebro obediente.
Para entender la gravedad de esto, no necesitamos hipotetizar. La historia reciente de Argentina nos ofrece uno de los ejemplos más macabros de este modus operandi: la organización liderada por el psicólogo Marcelo Bazán.
Bazán no era un gurú místico en una plaza; era un licenciado en psicología, expresidente de una fundación de salud mental en Córdoba, con una red de consultorios que aparentaban total legitimidad. Sin embargo, detrás de los diplomas, operaba una maquinaria de destrucción humana.
Según las denuncias y la investigación judicial, Bazán construyó una estructura piramidal utilizando a sus propios pacientes como ladrillos.
El caso Bazán es el arquetipo del crimen perfecto: el victimario tiene la llave de la mente de la víctima. Si la víctima intenta hablar, el terapeuta puede usar su historial clínico para desacreditarla, tildándola de «loca», «inestable» o «paranoica».
Para comprender por qué las víctimas no «simplemente se van», debemos explicar un concepto psicoanalítico fundamental de forma sencilla: la Transferencia.
En terapia, la transferencia ocurre cuando el paciente proyecta inconscientemente sobre el terapeuta sentimientos que originalmente tenía hacia figuras de autoridad (como sus padres). Puede ser amor, deseo de aprobación, miedo o idealización. Un buen profesional utiliza esto para ayudar al paciente a entenderse y sanar.
El terapeuta coercitivo, en cambio, sexualiza y tiraniza la transferencia.
Se convierte deliberadamente en ese «Padre/Madre/Dios» que el paciente anhela. Manipula esa necesidad de aprobación para que cualquier desobediencia se sienta como una traición mortal. El paciente no obedece por lógica, sino por una necesidad emocional primitiva y desesperada de no perder el amor de su «salvador».
Es un abuso emocional equivalente al incesto psicológico. El terapeuta sabe qué botones apretar porque el paciente mismo le ha mostrado dónde están sus heridas.
Si estás en terapia, o conoces a alguien que lo esté, y observas estas señales, enciende todas las alarmas. Un verdadero profesional de la salud mental JAMÁS haría lo siguiente:
El caso de Marcelo Bazán, la clínica de la Escuela de Yoga de Buenos Aires, y tantos otros que investigamos a diario en RedLibreMentes, nos demuestran que el título universitario no es garantía de humanidad.
La infiltración de prácticas sectarias en la salud mental es una violación a los derechos humanos. Es una forma de esclavitud moderna que no usa cadenas de hierro, sino cadenas neuroquímicas y emocionales.
Si al leer esto te has reconocido a ti mismo o a un ser querido, quiero decirte algo fundamental: NO ES TU CULPA.
No fuiste «tonto» por caer; fuiste humano por confiar. La responsabilidad recae al 100% sobre el profesional que usó su ciencia para cazar en lugar de curar.
Salir de una secta terapéutica es difícil, pero posible. Requiere valentía para romper el silencio y buscar ayuda, esta vez, en redes éticas y verdaderamente libres. En RedLibreMentes estamos para escucharte, para creerte y para acompañarte en el camino hacia la verdadera libertad: la de pensar, sentir y vivir sin dueños.
Rompe el silencio. Denuncia. Tu vida te pertenece solo a ti.