
Crecer en la Iglesia mormona fue la única realidad que Natalia conoció durante su infancia. Tenía 18 años cuando decidió contar públicamente una historia que había comenzado mucho antes de que ella naciera. Desde Canelones, Uruguay, compartió su testimonio como exmormona y recordó cómo su familia entró en aquella comunidad y por qué alejarse se convirtió en un proceso que alcanzó a todos los integrantes de su hogar.
Su madre había crecido en un entorno profundamente religioso y asistía desde niña a una iglesia evangélica. Natalia la describe como una mujer creyente y sumisa, marcada también por una historia familiar desorganizada. Su padre, por su parte, arrastraba experiencias de guerra y una infancia difícil. Cuando ambos ya se habían conocido, los misioneros mormones llamaron a su puerta y comenzaron a visitarlos para hablarles de Jesucristo.
Después de varias charlas, sus padres aceptaron bautizarse y fueron confirmados como miembros. Natalia cuenta que, el mismo día de la ceremonia, su madre sintió un mal presentimiento. Había tormenta y llovía con fuerza; con el tiempo, ella recordaría aquella sensación como el anuncio de que algo malo podía ocurrir dentro de esa religión.
Natalia y su hermana melliza nacieron cuando sus padres ya pertenecían a la Iglesia mormona. Para ellas, aquella comunidad no fue una elección posterior, sino el mundo en el que aprendieron a vivir. Desde pequeñas escucharon que debían estar en el mundo sin ser parte de él. Las amistades, las parejas y los vínculos importantes debían mantenerse dentro de la iglesia, mientras lo que quedaba afuera era observado con desconfianza.
Crecer en la Iglesia mormona también significaba convivir con restricciones sobre el café y el té, las presiones para casarse si una pareja convivía y la división permanente de las actividades según el género. Los hombres podían recibir el sacerdocio; las mujeres eran enviadas a la Sociedad de Socorro o, cuando eran adolescentes, a las reuniones de Mujeres Jóvenes. Para Natalia, aquella organización dejaba a las mujeres sin espacios reales de liderazgo.
La religión atravesaba además la vida cotidiana de la familia. Su padre se involucró intensamente y las conversaciones sobre doctrina terminaban con frecuencia en discusiones dentro de la casa. Natalia recuerda que, cuando sus padres comenzaban a pelear, ella cantaba con la esperanza de calmarlos. Era la respuesta de una niña que intentaba encontrar alguna forma de detener una tensión que no comprendía por completo.
Con el paso de los años también comenzó a observar situaciones que la hicieron cuestionar el funcionamiento de la congregación. Habla de familias de su pueblo que pasaban hambre y de la insistencia de su padre para que recibieran alimentos. Según recuerda, él mismo terminaba comprando y llevando provisiones cuando la ayuda no llegaba. También relata episodios de violencia familiar ante los que esperaba una intervención que nunca encontró.
Durante su infancia, Natalia sufrió abusos por parte de una persona que pertenecía a la iglesia. En su relato explica que ese hombre ya había protagonizado otros episodios, que había recibido restricciones dentro de la comunidad y que después fue admitido nuevamente para mantenerlo cerca de la congregación. Años más tarde, cuando la misma persona tocó a otra niña, Natalia volvió a enfrentarse con aquello que había permanecido guardado.
No conserva todos los recuerdos de la misma manera. Cuenta que vive periodos de amnesia y que la etapa que puede reconstruir con mayor claridad comenzó alrededor de los once o doce años. Fue entonces cuando empezó a descubrir que tenía otras identidades. Le pidió a su madre que la llevara a un psiquiatra, pero su padre reaccionó con enojo y sostuvo que lo que decía era falso o inventado. Natalia recuerda que en su casa tampoco se confiaba en psicólogos ni psiquiatras.
Con el tiempo recibió el diagnóstico de trastorno de identidad disociativo, conocido antiguamente como trastorno de personalidad múltiple. Ella habla de sí misma y de sus identidades como un sistema. Explica que no existe una identidad original separada de las demás: todas forman parte de una misma vida, aunque entre ellas haya barreras de memoria y cada una haya desarrollado una función.
En un momento de la entrevista completa, una de esas identidades toma la palabra. Se presenta como quien protegió al sistema, acompañó a Natalia durante los recuerdos más dolorosos y la ayudó a salir de la religión. Relata los momentos en que tuvo que contenerla durante los flashbacks y recordarle que todavía existían otros caminos. Para Natalia, hablar con su sistema también ha sido una manera de intentar reconstruir lo sucedido durante los años que no puede recordar completamente.
Durante la adolescencia, crecer en la Iglesia mormona comenzó a resultarle cada vez más difícil. Sus preguntas se volvieron más difíciles de contener. Siempre se había sentido cercana a la ciencia y al pensamiento crítico, aunque esas inquietudes no fueran bien recibidas. Al mismo tiempo, su hermana comenzó a hablar abiertamente sobre su orientación sexual y posteriormente sobre su identidad de género. Las respuestas que la familia encontró dentro de la comunidad provocaron nuevos enfrentamientos con los responsables de la congregación.
El alejamiento fue gradual. Natalia sitúa alrededor de los 16 años el final de la etapa en que toda su vida seguía vinculada a la iglesia y recuerda los 17 como un periodo especialmente difícil. Su madre y sus hermanos también fueron tomando distancia, mientras la familia intentaba que el padre pudiera desligarse completamente. Las llamadas y los mensajes continuaron. Incluso después de la muerte de un familiar, Natalia recuerda que un dirigente se acercó para pedirles que regresaran.
Para ella no bastaba con dejar de asistir. También quería que sus nombres fueran retirados de los registros y que cesaran los intentos de contacto. Por eso comenzó, junto con su familia, el trámite para formalizar la salida. En la entrevista explica que habían bloqueado números y buscaban una página que permitiera solicitar la eliminación de sus datos como miembros.
Cuando finalmente pudo hablar en público ya tenía 18 años. Antes, por ser menor, no había sentido que pudiera hacerlo. Contar lo vivido fue también una forma de acercarse a otras personas que atravesaban experiencias semejantes y de impulsar en Uruguay una mayor conciencia sobre las organizaciones coercitivas.
Después de crecer en la Iglesia mormona, Natalia reconoce que todavía convive con ansiedad social y con recuerdos difíciles, pero también habla de los proyectos que desea emprender, de las experiencias que quiere recuperar y del trabajo que realiza junto con su sistema. Al terminar la conversación, su historia no aparece como un episodio cerrado, sino como una vida que continúa mientras ella y su familia terminan de construir su salida.