
Olga Umattino es profesora, psicopedagoga y educadora diferencial chilena. En su testimonio relata cómo llegó a una certificación de Coaching Sherpa durante uno de los períodos más difíciles de su vida y cómo, con el tiempo, empezó a reconocer en esa experiencia dinámicas que hoy describe como coaching coercitivo.
Su historia comienza antes del curso. Olga vive con una cardiopatía desde los nueve años. A los 28, mientras estaba embarazada de su hijo Joaquín, fue sometida a una primera intervención. Años después, en medio del estallido social en Chile, enfermó gravemente, perdió su casa y regresó al hogar de sus padres con su hijo adolescente. También había perdido un trabajo en un colegio religioso después de declarar como testigo en apoyo de dos colegas y, aunque ganó la demanda por despido injustificado, sus ingresos habían disminuido.
La situación de salud siguió empeorando hasta que necesitó un trasplante trivalvular. Olga recuerda que la operación se realizó el mismo día en que llegaron a Chile los primeros casos de COVID-19. Tras la cirugía, el médico le advirtió que el postoperatorio sería largo y le pidió que se alejara de Santiago: «Fondéate a la parcela», le dijo. Olga terminó recuperándose en la casa del padre de Joaquín, con quien mantenía una buena relación a pesar de estar separados.
Acostumbrada a estudiar y trabajar, Olga comenzó a preguntarse qué podía aprender mientras se recuperaba. Había escuchado hablar de coaching en las capacitaciones laborales. Un día, mientras cocinaba y oía música, apareció la voz de Esther Iturralde en un pódcast dirigido a mujeres que atravesaban enfermedades, separaciones u otras dificultades.
«Yo sentía que me hablaba a mí», recuerda. Cuando preguntó por la certificación, le informaron que costaba ocho mil dólares. Ante su sorpresa, recibió una respuesta que todavía recuerda: «Yo sé que tú puedes». Olga se matriculó convencida de que había encontrado algo que podía hacer desde casa durante el postoperatorio.
En la primera clase virtual había unas setenta personas de distintos países. Las sesiones se realizaban dos veces al mes y los contenidos combinaban lecturas, ejercicios sobre la historia personal y prácticas espirituales o de visualización. Una de ellas consistía en recostarse, evocar situaciones dolorosas y respirar durante cuatro segundos para luego exhalar en siete. Para Olga, que recién estaba volviendo a respirar después de una operación cardíaca, el ejercicio era especialmente difícil. Cuenta que muchas personas terminaban llorando.
También debían repetir frente al espejo frases del llamado manifiesto Sherpa. «Yo soy el amor de mi vida. Amo quién soy y en quién me estoy convirtiendo», decía una de ellas. Otras declaraciones relacionaban el pensamiento, el dinero, la felicidad y la prosperidad. Olga las leía, las memorizaba y seguía las instrucciones con la misma disciplina con la que había cursado sus estudios universitarios.
Con el paso del tiempo empezó a notar algo que la inquietaba: aunque los ejercicios tocaban experiencias íntimas y problemas de salud, alimentación o relaciones familiares, el curso preparaba a sus estudiantes para ofrecer sesiones a otras personas después de unos pocos meses. Olga, por su formación profesional, se negaba a atender situaciones que consideraba fuera de sus competencias.
Para Olga, esas prácticas formaban parte de lo que más tarde identificaría como coaching coercitivo: un proceso que afectaba sus emociones y reducía el espacio para cuestionar.
El primer quiebre llegó a través de un compañero que padecía cáncer y necesitaba dinero para un examen. Él seguía pagando la cuota del curso. Olga le aconsejó priorizar su salud y buscar apoyo en el sistema sanitario y en asociaciones de pacientes. Al día siguiente, se anunció un evento de pago en el que los primeros estudiantes que terminaran los módulos podrían exponer y comenzar a integrar el Directorio Sherpa.
Olga quiso saber con qué criterios se elegiría a quienes participarían. Para formular preguntas directamente debía solicitar una sesión privada, por la que le cobraron 197 dólares. «Yo nada más quería hacer preguntas», explica. Cuando llegó la sesión, sintió que tuvo que defender su propia historia en vez de recibir respuestas.
La dificultad para preguntar abiertamente fue una de las primeras señales de coaching coercitivo que Olga pudo reconocer al revisar su experiencia.
Más tarde consiguió preguntar en una clase cuál era el criterio de evaluación. Según relata, Esther le respondió que en esa profesión cada persona podía decidir quién le gustaba y quién no, y añadió que Olga no había avanzado en los módulos. Ella sabía que los tenía casi terminados. Cuando preguntó por qué no se destinaban los 28 dólares del evento a ayudar al compañero enfermo, recibió como respuesta que estaba impidiendo avanzar a quienes iban más adelantados. «Ahí me cayó el primer sablazo», recuerda.
Después vinieron las exigencias para formar parte del directorio. Debía enviar fotografías y un video con una presentación profesional. Olga grabó el video varias veces y, en plena cuarentena, pidió un permiso para contratar a una fotógrafa. Las imágenes fueron rechazadas hasta que una compañera las retocó. Aun así, el video seguía sin ser aceptado.
La situación afectó profundamente su autoestima. Su hijo veía cómo pasaba los días grabando, repitiendo y llorando. El punto de ruptura llegó cuando Olga vio en Facebook una publicación que utilizaba parte de su fotografía como ejemplo de una imagen inadecuada. Según cuenta, se ampliaban las arrugas de su rostro y se comparaba su piel con la de una mujer más joven. Respondió que una mentora debía hacer esas observaciones por correo y en privado, y que no iba a ocultar las arrugas propias de una mujer de cincuenta años.
Después de ese episodio, Olga dijo «no más». Había llorado durante todo el fin de semana y su hijo ya le había pedido que cortara con el curso. En esos mismos días comenzó a revisar otras recomendaciones incluidas en los materiales y vio cómo algunos mensajes del grupo eran eliminados cuando surgían cuestionamientos.
Entonces recibió una nueva versión del convenio. El manual inicial daba un plazo adicional y establecía un recargo si alguien se atrasaba; la nueva versión reducía el plazo y elevaba considerablemente el pago. Olga interpretó que las trabas que había recibido podían obligarla a permanecer más tiempo y pagar más. Envió los documentos a un sobrino abogado, quien le recomendó no firmar los nuevos términos y comprobar qué autorización respaldaba la certificación.
En su relato, la presión económica no aparece separada del coaching coercitivo, sino vinculada a las exigencias, la inseguridad y el temor a quedarse atrás.
Olga respondió por escrito que solo reconocía el acuerdo con el que se había matriculado. Según su relato, fue la única de las setenta personas que se negó a aceptar el cambio. También solicitó las facturas de sus pagos, que afirma no haber recibido. Ella calcula que perdió cerca de cinco mil dólares.
Su preocupación no terminó con la salida. Cuenta que varios compañeros, al tener dificultades económicas, recibían la sugerencia de comenzar a cobrar por sus propias sesiones. Algunos ofrecían ayuda para problemas de alimentación, aprendizaje o salud sin una formación que Olga considerara suficiente. Cuando una compañera le pidió atender a su hijo a distancia, se negó: podía orientarla para buscar un profesional, pero no iba a ofrecerle un servicio para el que no estaba habilitada.
Al mirar hacia atrás, Olga dice que la manipulación emocional del coaching coercitivo le afectó más que el dinero. Durante un tiempo llegó a creer que sus enfermedades, la pérdida de la casa y otros problemas eran consecuencia de no saber pedirle correctamente al universo. En su testimonio insiste en que atravesaba una situación de gran vulnerabilidad, pero también contaba con educación, experiencia y redes de apoyo. Para ella, eso demuestra que la captación no depende de falta de inteligencia.
Olga encontró respuestas al escuchar otros testimonios de sobrevivientes y conocer cómo operan las organizaciones coercitivas. Por eso decidió contar su experiencia con el coaching coercitivo. Espera que su historia ayude a otras personas a reconocer estas dinámicas, cuestionar promesas que convierten problemas complejos en soluciones mágicas y pedir apoyo antes de comprometer su salud o sus recursos. Su entrevista completa con Pablo Salum permite escuchar el relato en la voz de Olga.

